[1=∞].
Esta fórmula expresa en buen grado el acto de magia a través del
cual se realiza el capitalismo, que también se puede traducir como
capital = más capital. Es un contrasentido y ofende a toda lógica
posible, pero sobre la base de dicha imposibilidad funciona la
maquinaria fantasmagórica que produce, de la nada, capital. Sólo es
necesario dejarse envolver por su corriente para ingresar a su mágica
realización. Es el sueño americano: la promesa de éxito para quien
no tiene nada, como lo muestra la película “En busca de la
felicidad”. El único requisito que se necesita para triunfar en la
vida es la confianza plena en las instituciones capitalistas (bolsa
de valores, la banca, la venta inmobiliaria),
Y aunque
el sistema económico llegue a tener sus fallas, éstas, se puede
pensar, son circunstanciales, producto de un acto de desmesura o de
corrupción (en las que seguramente tiene algo que ver el estado), y
no algo inherente al sistema capitalista, cuya bondad excede los
límites de lo que los humanos puedan imaginar.
El
capitalismo es un aparato de auto-reproducción que se da en exceso,
y cada vez, siempre más. De lo que se trata es de creer en todas sus
posibilidades, pues eso es el capitalismo: pura posibilidad.
Ahora
podríamos preguntarnos, como lo hace Descartes en una situación de
extrema agitación argumentativa: ¿y si un genio maligno me
estuviera engañando y me presentara lo que que es falso e ilusorio
como real y verdadero? ¿Y si las posibilidades con las que me seduce
el capitalismo fueran una ilusión?, ¿y si el sueño americano fuera
un sueño y nada más? ¿Cómo distinguir la verdad de la mentira?
Ante esta
pregunta nos sale al encuentro Marx, desenmascarando las
contradicciones del capitalismo o, si no, al menos mostrando al
capitalismo y sus fundamentos como máscaras ante las cuales
tendríamos que tomar distancia.
En
el primer capítulo de El capital, Marx hace un análisis de la
fórmula del mercado que se podría representar de la siguiente
manera: aX=bY (es decir, un número “a” de la mercancía X, es
igual a un número “b” de la mercancía Y). Por ejemplo, 20 varas
de lienzo corresponden a 1 chaqueta. Dicha fórmula contiene sus
implicaciones: una de ellas, señala Marx, es que funciona bajo el
prejuicio de que cosas muy distintas tienen la misma cualidad, y por
ende, que el trabajo para producir X es indistinto del trabajo para
producir Y: El prejuicio de la igualdad en las relaciones de
producción. Zizek argumenta algo muy parecido cuando señala que “la
verdadera base económica de la democracia política es la propiedad
privada de los medios de producción”1,
en cuanto a que los últimos suponen la igualdad de los miembros de
una sociedad como base de las relaciones de intercambio.
Dicha
igualdad parece ser más conceptual que real. Presupone que las
condiciones materiales, de trabajo y las relaciones parten de la
igualdad en la sociedad. No busca la igualdad, sino que la presupone.
Ya está: todos somos iguales de condiciones, todos partimos de cero,
lo que falta es producir e intercambiar (por medio de ese objeto
mágico: el dinero) y las relaciones de intercambio se acomodarán en
función del aumento de la riqueza a nivel global. Una gran red de
intercambio mundial se dinamizará en torno a la riqueza del hombre.
Dicha
suposición (la de la igualdad) parece, abriendo los ojos, mentirosa
y vil. Parece mostrar una estructura económica ideal del tipo 'todos
los hombres son iguales por naturaleza'. Y limita toda acción y todo
cambio en las estructuras sociales. Pues, si ya es todo igualdad,
¡qué problema hay!, ¡a producir, a enriquecernos y a disfrutar de
los lujos que éste hermoso mundo nos ofrece! El mundo del
capitalismo que no requiere ya de la mano humana para echarse a
andar, pues una mano invisible (cuasi divina) la dirige con amor.
En el
proyecto que comenzó Marx con El capital no hay una estructura
económica ideal (universal). Las relaciones de producción
(relaciones humanas) no son conceptos; parten de estructuras
económicas (materiales) reales y su fundamento parece (en
contraposición con el supuesto capitalista de la igualdad) basarse
en la desigualdad. (Por eso, para Marx, Aristóteles tiene una
profunda intuición al señalar que la fórmula aX=bY tiene sólo un
sentido práctico, pues de suyo no corresponde a la realidad, que se
basa en la desigualdad del trabajo: el trabajo de esclavos).
El giro
del capitalismo, el giro del capital, es mantener esclavos que se
crean iguales y libres. Ese es el fantasma que se hace presente
cuando nuestra democracia representativa convoca a las urnas, cuando
el estado entrega insumos para la beneficencia social, cuando las
transnacionales invierten en el tercer mundo (¡desarrollo y progreso
nacional!), cuando el estado encarcela a los miembros que violentan
la seguridad de nuestra sociedad.
1Slavoj
Zizek. Repetir Lenin. Trece tentativas sobre Lenin. Akal:
Madrid. 2004, p. 85.